Y se abren los labios

Y se abren los labios

A mí no se me da lo de poeta.

Eso de leer en una plaza y ver el reflejo de los que están y detonar versos y penetrar al canto, o al pueblo, no me va.  Como tampoco aquello de servir al inseguro para que levante al mundo  o se reparta la herencia; no, yo no: en mi entuerto domo impulsos, y eso sí, cuando hay una villa sincera, me empino en un sólo testamento o en un susurro y doy amable nostalgia, como alguien que cultiva apenas.

No se me quedan tampoco, los poetas. Debería recordar cómo han estado, es decir, sus partidos, o el robo que han hecho, pero ni siquiera los excuso si disimulan el siglo o si a sus anchas lucen de teatro; sencillamente no revelo mi neurona y mi sombra es quien los tiene al paso, como a media luz, entre sombreros que a veces son rebaño y otras huerfanitos que se apean.

Los olvido. Ahí tienen por ejemplo a Eliseo Diego, con la grave voluntad de sus coros, hablando del tiempo; que  me lo deja, y siento que tiene que haber una razón obdececiendo, un estruendo de palabras al menos, pero  los versos exasperan a mi losa y salen los vicarios de sus apellidos: los murmullos, el caracter de óbolo que triunfa, ah Eliseo acumulado sale,  arranca el único cetro que enardezco, y pregunta ¿dónde  has ido?,  o  ¿por qué me visitas? . Y nunca respondo, nazco y huyo con la pedantería de una madrugada, escabullido.

Y  lo digo porque ahora me quieren condecorar. A mí que no entibio desgarro, yo, carpintero de estallidos; se aparecen con mi vida debajo del brazo y concretan la acusación de hundirme una corona. Persiguen a mi historia que no oye ni el rostro que le brindo y no es sino estímulo de grimas, nada más que recursos de catastrofe. Me ven hervir en  latitudes, bello en mi miseria y se abren los labios en pseudónimos que  ensortijan, que ordenan masas para hurgar. Nada más.

3 May, 2012 13 comentarios
Sobre colores

Sobre colores

Cuando tenía doce años, un arroyo me presentó al arcoiris.

Me dijo que nunca más habría banquetas de inundación para el mundo, cosas de ese tipo, que acá el  amarillo con la energía que nadie sabe a cuál príncipe le arrebató el templo y por allá el azul donde se van los curiosos a eternizar su conquista.

Yo le puse cuidado al riachuelo. Y los colores empezaron a asediarme como si estuviera detrás del buen contexto de un pasto, o en las bridas de la luna que nunca se mostró sangrienta como dicen, al contrario:  le contaba miedos y recibía su discreción empaquetada en una junta de colores.

Era un ejército espontáneo de matices y, sordos a mi voto, le espantaba adversarios. La ilustre lluvia de gotas, y el sol, con su brazo extendido, que dejaba le tomaran a poco y le  sacudieran  impresiones, observaba la oquedad de vano y esos colores que nunca se desnudan al mundo.

Empecé a aplastarlos, me dio por eso. ¿No era mucho determinarle a doce años?. Ví cómo  sollozaba la espesura: los colores acostumbran caer  en un aguacero de animaciones y el que manda, es el astro de besos. De pronto, su ofrecimiento comburente se estrofó en mi garganta  y vi los colores allá abajo, entre los mandos, hisopando el cielo en sus preñeces e hice mi primera trituración ahí mismo, con el arroyo me mostrándome sus nidos, el desgarro de fruta en los colores.

Levanté mi pie y el arroyuelo a su edad abrió una nube : oh, desde el árbol alto vuelan los cantos y son pálidos después en la yerba. La infancia se toma el juego de mirarlos y el agua enturbia la hendidura, casi triunfante, muerde  el premio: asombra la postura de las ramas con tantos colores en su fiesta.

22 April, 2012 25 comentarios
Para ser elegido

Para ser elegido

Sin esperar nada extraordinario, dio una vuelta más, otra que trepó por sus paredes y se desgajó aquí, en una fracción de  justicia, sin más premisa que haber aceptado el pasado, y me escribió una nota rápida, una especie de privilegio infectada de acervos.

Ví cómo envolvía mi camino con su rastro.

Así que esperé no sentir compromiso con los lados que lanzan las piedras y me asomé: quiero ver la nota. Me asomé luego de andar en la muchedumbre de las nubes, arrancando pétalos fantasmas, y  de súbito, me di cuenta que llegaba.

Entonces dio una vuelta más para contemplar mi existir repleto de imperiales amatorias y vi su figura en la la vereda, con dignidad de muerte, escorzos que le sacudían el movimiento. Retorcido mi cuerpo, en el típico ardor de mis viajes, con todo el fango diario en los pies y,  esta cubierta de  ingeniería anhelando  un pie en la explicación, abrí.

Portaba la  retórica en su mano  y se calló. Sin mirarme, allí estaba, con la nota mía.

17 April, 2012 12 comentarios