A mà no se me da lo de poeta.
Eso de leer en una plaza y ver el reflejo de los que están y detonar versos y penetrar al canto, o al pueblo, no me va.  Como tampoco aquello de servir al inseguro para que levante al mundo  o se reparta la herencia; no, yo no: en mi entuerto domo impulsos, y eso sÃ, cuando hay una villa sincera, me empino en un sólo testamento o en un susurro y doy amable nostalgia, como alguien que cultiva apenas.
No se me quedan tampoco, los poetas. DeberÃa recordar cómo han estado, es decir, sus partidos, o el robo que han hecho, pero ni siquiera los excuso si disimulan el siglo o si a sus anchas lucen de teatro; sencillamente no revelo mi neurona y mi sombra es quien los tiene al paso, como a media luz, entre sombreros que a veces son rebaño y otras huerfanitos que se apean.
Los olvido. Ahà tienen por ejemplo a Eliseo Diego, con la grave voluntad de sus coros, hablando del tiempo; que  me lo deja, y siento que tiene que haber una razón obdececiendo, un estruendo de palabras al menos, pero  los versos exasperan a mi losa y salen los vicarios de sus apellidos: los murmullos, el caracter de óbolo que triunfa, ah Eliseo acumulado sale,  arranca el único cetro que enardezco, y pregunta ¿dónde  has ido?,  o  ¿por qué me visitas? . Y nunca respondo, nazco y huyo con la pedanterÃa de una madrugada, escabullido.
Y  lo digo porque ahora me quieren condecorar. A mà que no entibio desgarro, yo, carpintero de estallidos; se aparecen con mi vida debajo del brazo y concretan la acusación de hundirme una corona. Persiguen a mi historia que no oye ni el rostro que le brindo y no es sino estÃmulo de grimas, nada más que recursos de catastrofe. Me ven hervir en  latitudes, bello en mi miseria y se abren los labios en pseudónimos que  ensortijan, que ordenan masas para hurgar. Nada más.



Ismael Valdivia es un médico columnista y poeta nacido en Cuba en 1959.

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